Leyenda de la Campana Motera

Nacionales 05 de junio Por
Leyenda urbana
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Propio de las leyendas urbanas, se los vinculó a los duendes con muchas historias del esoterismos. No ponemos en duda su existencia o no, solo que algún ser "COME METALES" es el responsable de accidente en autos, aviones, barcos, etc, según el ser humano, cuando no puede explicar la naturaleza del incidente. En muchas culturas verán que se hablan de estos seres, y todos relacionados a incidentes. El sector motero, no está exenta de este tipo de leyenda, e aquí, la más conocida, aunque hay sobre la misma varias versiones.

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Hace muchos años, en una noche fría de diciembre, un viejo motorista rugiente volvía de un viaje a México, con sus alforjas llenas de juguetes y otras baratijas que había comprado para los niños de un grupo de casas cercanas a donde el trabajaba.
Mientras montaba a lo largo de esa noche, pensaba cuán afortunado era él en ese estado de su vida, tener un “socio” cariñoso como su moto que entendía su necesidad de vagar por las carreteras y que nunca lo había dejado tirado en los muchos años en los que habían compartido camino juntos.
Cercano a las 40 millas, al norte de la frontera, en el desierto alto, estaban al acecho un grupo de pequeños duendes conocidos comedores de metales.
Sabes, existen obstáculos en la carretera, tales como piedras, palos y pedazos de viejos neumáticos, y también clavos de esos temidos por los motoristas, y tantos otros objetos que influyen en el rodar de una moto, así estos duendes los aprovechan para tener una ocasión de regocijo sobre sus actos del mal.
Bien, este motorista solitario entró a una curva a la luz de la luna y los “Gremlins” lo emboscaron, haciéndolo estrellarse contra el asfalto, y en el resbalón –antes de detenerse- una de sus alforjas se rompió.
Yacía ahí incapaz de moverse, cuando los duendes se acercaron hacia él. Bien, este motorista no estaba dispuesto a entregarse y comenzó a lanzarles los objetos que llevaba en sus alforjas, mientras los duendes seguían acercándose. Finalmente, se quedó sin nada que lanzar, pero, él tenía unas campanas y comenzó a hacerla sonar con la esperanza de asustar a los pequeños malvados.
A una media milla, lejos acampados en el desierto, estaban dos motoristas sentados alrededor de una fogata mientras charlaban de su día de paseo y de la libertad que sentían cuando el viento soplaba en sus caras mientras recorrían el extenso país.
En la calma del aire de la noche oyeron un sonido parecido al de campanas de iglesia, y dispuestos a investigar fueron hacía donde provenía el sonido. Encontraron al viejo motorista al borde de la carretera con los duendes alrededor para raptarlo, procedieron a disuadir a los duendes hasta que el último se incurrió en la noche.
Estando agradecido de los motoristas, el viejo “perro del camino” les ofreció pagarles su ayuda, pero como hacen todos los motoristas verdaderos, ellos rechazaron aceptar cualquier tipo de pago. No siendo él partidario de dejar pasar un noble acto inadvertido, el viejo motorista corto dos pedazos de cuero de sus alforjas y les ató una campana a cada uno. Enseguida las colocó en cada una de las motocicletas de los motoristas, tan cerca de la tierra como fue posible.
El guerrero del camino cansado y viejo les dijo a los dos viajeros: “con esas campanas colocadas en sus motos, estarán protegidos contra los duendes y siempre que estén en un apuro hagan sonar la campana y un compañero motorista irá en su ayuda”.

Jorge Mochi

Periodista virtual